CUENTA LA HISTORIA….

Rosa nació en Italia, más precisamente en Sicilia, a fines del siglo XIX. De familia noble, su infancia transcurrió rodeada de un escenario bendecido. En Catania, su tierra, la naturaleza parecía haberle destinado todas sus maravillas: montañas, colinas, mar y sol. Rosa creció entre las plantaciones de naranjos que cultivaba su abuela Teresa. Ella fue quien le enseñó la extracción de aceites esenciales de estos cítricos, para elaborar el perfume que usó toda su vida. La muerte de su madre fue solo el primer trago amargo que debió atravesar. En poco menos de una década Rosa perdió a su abuela Teresa y enfrentó la enfermedad de su progenitor. A punto de quedarse sola en un continente acechado por las guerras, en 1905, su padre agonizando le pidió que emigre a América como única posibilidad de supervivencia.

Rosa, con apenas dieciocho años, cruzó el Atlántico para instalarse en estas tierras. La elección no fue al azar ya que Paolo, hijo de un empleado de la finca y amigo de la infancia, en sus cartas le describía a Mar del Plata como la tierra prometida.

Con las alhajas que traía escondidas entre sus ropas, Rosa, compró cincuenta hectáreas que serían su refugio en este lado del mundo. A pesar de todo, ella, no lograba salir de su tristeza. Aferrada a la melancolía de aquellos que sienten el destierro como una lanza clavada en medio de su pecho, pasaba sus días recorriendo a pie sus nuevas tierras intentando imprimir su identidad.

Paolo la ayudó a construir la casa y a labrar la tierra. Los trabajadores del lugar la observaban deambular envuelta en ese halo de nostalgia y no tardaron en crear un mito en torno a ella. Paolo, perdidamente enamorado de Rosa, solo quería verla sonreír nuevamente como cuando eran pequeños y jugaban en Catania. Para ello, decidió utilizar sus únicos ahorros y mandó a comprar varios ejemplares de naranjos Tarocco a un siciliano que los cultivaba en el norte de la provincia de Buenos Aires. Más tarde los plantó en un extremo de la propiedad de Rosa sin que ella lo supiera. Octubre de 1908 llegó con temperaturas muy altas y las flores de azahar estallaron en toda su belleza
y fragancia.

Rosa descubrió los naranjos en su caminata matinal atraída por el perfume de sus flores. Paolo la siguió, sigiloso, acompañando su recorrido. Cuando los vio, la cara de Rosa se iluminó con la primera sonrisa esbozada en esta tierra. Paolo no tardó en declararle su amor: “Tu corazón es como estas naranjas. Dulce y hermoso pero sangrante por dentro. Yo te prometo que haré hasta lo imposible por cicatrizar sus heridas.”

Rosa, condesa de Catania, echó raíces donde la historia la transformó para siempre en “LA CONDESA DE LOS NARANJOS”, el mismo lugar donde hoy inspirados por su leyenda, le rendimos tributo creando un espacio para eventos de jerarquía, coronado con un maravilloso jardín, donde conviven acacias, robles añosos, magnolias y el sonido de la naturaleza, como testigos de las ceremonias a celebrar en un ambiente soñado.

Georgina West 

Escritora

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